
Cuando India se convirtió en el país más poblado del mundo, los elefantes empezaron a ser plaga. Emigraron hacia todas partes del mundo, donde siempre les daban los trabajos que nadie quería hacer. Elfunky había nacido en una familia de clase media trabajadora y cuando cumplió los 18 años, toda su inocencia paquidérmica, se esfumó en abrir y cerrar de ojos. Su padre había muerto de cáncer de pulmón, así como su abuelo, su tío y muchos otros elefantes a lo largo de la historia reciente. Descubrió que la realidad era horriblemente siniestra y que el sistema era una gran picadora de carne, capaz de convertir a cualquier elefante en una bolsa de desperdicios.
Según la ley, Elfunky había cumplido la mayoría de edad y ya debía integrarse a la vida laboral. Esa vida encadenada que sólo le permitía hacer lo que hacían todos los de su raza: trabajar como cenicero. Pronto descubrió lo peligroso que podía resultar eso para sus enormes, pero frágiles pulmones. Cada día que volvía del trabajo no paraba de toser y su trompa terminaba tapada de nicotina. Su lugar de trabajo era la estación central, donde tenía varios compañeros cuya salud era bastante preocupante y le auguraban un futuro negro. Para peor, muchos no sólo se intoxicaban al realizar su tarea, sino que se habían vuelto fumadores empedernidos. Hasta aprovechaban la hora de descanso para fumar un cigarro tras otro y quejarse de su trabajo mal remunerado e insalubre.
Cómo se acostumbraba hacer con los elefantes más jóvenes, a Elfunky le habían puesto un cenicero enorme sobre la cabeza. Iba atado al cuello como si fuese un sombrero. Tenía que agacharse para que la gente le tirara las cenizas en la cabeza y con suerte, recibir una mísera propina. Cuando el enorme plato se llenaba, tenía que aspirar las colillas con su trompa una y otra vez. Pronto descubrió que no resistía el tabaco y no había nada peor que un cenicero con tos, por lo que su trabajo –además de su salud – estaban en riesgo. Y sin trabajo, no tendría nada que comer y moriría. De la otra forma, aún podría vivir algunos años antes de enfermar y morir dolorosamente.
Un día en el que ya había terminado su turno, el más viejo de sus compañeros le dijo:
— ¿Qué pasa pequeño? Te veo desanimado.
— Creo que soy alérgico al tabaco. Hoy he estornudado y le he tirado toda la ceniza a un grupo de niños y Trompa Gigante me ha amonestado. Me dijo que si seguía así, terminaría aspirando polvo en las calles.
— De a poco irás mejorando, Elfunky. Mírame a mí, empecé aspirando las colillas del suelo y ahora sólo aspiro el humo del aire. Ya no tengo que tragar colillas, ni usar un cenicero en la cabeza. Algún día lo lograrás amiguito, pero llevará su tiempo.
— Colmillo Blanco, eres el empleado más antiguo. Nadie ha logrado llegar a la jubilación y a ti sólo te quedan unos meses. Por favor dime cual es tu secreto— preguntó Elfunky mientras intentaba limpiarse la trompa con un pañuelo.
— Vaya, vaya… —dijo Colmillo Blanco, mientras encendía un nuevo cigarrillo— Bueno, por ser tú, te diré cual es la receta que he encontrado para convertirme en el elefante más viejo del mundo. Muchos no me creen, pero a mí me funciona. Lo que hago es comer muchas pastillas de eucaliptus. Eso hace que mis pulmones se refresquen y mis bronquios se abran. El eucaliptus sirve para todo, hijo mío. Ya verás que cuando lo pruebes te sentirás mejor.
Elfunky, volvió a su casa tosiendo como un Ford T a punto de fundir el motor. Cuando llegó, su madre había ido a trabajar como purificadora de un local nocturno. Era el único trabajo que había encontrado para mantener lo que quedaba de su familia. Elfunky se preguntaba porqué los elefantes tenían que servir de ceniceros. Sobre todas las cosas, se preguntaba porqué no podían revelarse contra la sociedad que los oprimía. No era justo, utilizaban a los elefantes como si fuesen bolsas de papel para la aspiradora. Una vez llenos de nicotina, le quitaban los colmillos y los tiraban a la basura.
Se fue a dormir con un gusto amargo en la boca. Tan amargo como masticar la colilla de un habano. Al siguiente día comenzó a aplicar la técnica de Colmillo Blanco y a comer pastillas de eucaliptus. Se sintió mejor y podía aspirar con más fuerza. De a poco se fue adaptando al trabajo. Luego de unos meses de experiencia y pasado el periodo de prueba, Trompa Gigante le hizo firmar el contrato permanente. Acto seguido, le recortaron los colmillos que fueron destinados a fabricar ceniceros y cigarreras. Este recorte debería suceder cada tres meses, según el nuevo convenio colectivo. Decían que era debido a la crisis económica que los elefantes tenían que trabajar hasta el final de su vida y no podían jubilarse. También se veían obligados a recortar sus colmillos más frecuentemente, a diferencia de que los que tenían contratos antiguos. Tampoco percibirían una parte de los beneficios generados por la venta de los mismos y se extendía el horario laboral, manteniendo la misma remuneración. Lo que significaba que cada día que pasaba, los elefantes perdían más derechos y estaban más cerca de la esclavitud.
A pesar de todo, Elfunky trataba de salir adelante y mejorar en su trabajo. Soñaba con casarse y tener un pequeño paquidermo para continuar su linaje. Sólo esperaba estar vivo para ese entonces, pero tenía ciertas dudas. Su vástago no sería el primero en crecer sin llegar a conocer a su padre. Soñar, era todo lo que le quedaba. Y tener esperanza le era indispensable para seguir adelante. Pero, cuando parecía que se había adaptado a su trabajo y casi era feliz, recibió la noticia de que Colmillo Blanco estaba en el hospital e iba a morir. Tenía los pulmones llenos de nicotina y el estómago perforado de tanta pastilla de eucaliptus. Se dio cuenta que había que hacer algo, porque tarde o temprano, todos sus amigos y parientes morirían. Y no fue el único que llegó a esta conclusión. A los pocos días Colmillo Blanco murió. El funeral fue multitudinario. El elefante que más tiempo había soportado la vejación del tabaco, había muerto. La indignación corrió como un reguero de pólvora. Elfunky y sus compañeros se reunieron para organizar una huelga de trompas caídas. Fue como darle al poder una cucharada de su misma sopa o más bien una calada de su mismo cigarrillo. El sistema empezaba a colapsarse, cientos de miles de enfermos empezaban a abarrotar el sistema de salud. El estado tenía que aumentar sus gastos sanitarios o restaurar a los elefantes a sus puestos de trabajo.
El gobierno intentó reprimirlos a golpes de palo y gases lacrimógenos, pero por su naturaleza robusta y sus pulmones acostumbrados al humo pestilente, lograron resistir. Luego se dejaron crecer los colmillos y devolvieron el ataque. El mundo vivía la revolución de los paquidermos y estos no cesarían hasta conseguir el objetivo de tener un trabajo digno. Tras años de lucha el gobierno finalmente fue derrocado y Elfunky y sus compañeros tomaron el poder. La primera medida que tomaron, fue aprobar la ley antitabaco para elefantes. La segunda fue crear un gran memorial —con forma de cenicero—, con los nombres de todos los elefantes muertos en la lucha antitabaco. Por supuesto, el busto de Colmillo Blanco tendría un lugar privilegiado en la obra. Pero a pesar de todo lo que habían pasado, los elefantes y los humanos por el maldito tabaco, siguieron fumando. La ley tuvo que flexibilizarse y no se prohibió el consumo, sino la purificación y la aspiración por parte de los paquidermos. El problema de la intoxicación de los espacios cerrados no parecía solucionarse. Por lo que seguían existiendo cientos de casos de enfermos terminales por tabaquismo pasivo. El presidente Elfunky y su gabinete ministerial, se reunieron para encontrar una solución al problema. Otra vez el gasto en sanidad y los tratamientos oncológicos colapsaban el sistema y arriesgaban el presupuesto. La instalación de purificadores de aire y limpiadores de colillas era necesaria y urgente.
Entonces, se resolvió que los osos hormigueros o yurumíes, deberían convertirse en los nuevos ceniceros vivientes, ya que se multiplicaban más rápido que los elefantes. Digamos que eran una plaga mundial. A partir de ese momento se dictaminó que tenían que limpiar las calles con sus finas lenguas, aspirar las colillas y purificar el aire. Y así lo hicieron durante algunos años, pero al contrario de sus primos los paquidermos, no tenían la fortaleza para soportar esa tarea. Las muertes por intoxicación aumentaban día tras día. Estaba claro que no podían con la tarea. Y además, si se había probado de que los paquidermos no servían como cenicero ¿Porqué debían servir los osos hormigueros que eran más débiles y pequeños? El descontento crecía entre la población yurumí que se declaraba en rebeldía y afilaba sus garras.
Al poco tiempo la historia volvía a repetirse. Cientos de miles de osos hormigueros protestaban en las calles y se inmolaban frente al parlamento humano-paquidermo. Luego comenzaba la revolución y el gobierno de Elfunky perseguía, torturaba y asesinaba a los insurgentes. El presidente sabía mejor que nadie lo que era ser un cenicero viviente. Casi nadie en el mundo podría decir que había vivido las dos partes de un conflicto de estas características y sin embargo, lejos de ser comprensivo con los osos hormigueros, parecía masacrarlos con más saña. No sentía ningún remordimiento por aplastarlos como a una colilla. Porque había llegado a la conclusión de que esa era la única forma de sobrevivir en la selva de cemento. Fueras paquidermo, oso hormiguero o humano, un día estabas arriba y otro día eras pisado. Y eso nadie lo cambiaría. Nadie. . . ¿O sí?
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