LA BÚSQUEDA DE LA FELICIDAD

Estaba algo deprimido, así que decidí cambiar de aire y me fui al teatro. En el cartel ponía: “La búsqueda de la felicidad. La última obra de los recaptadores de la serotonina ¡No se la pierda! Alegría asegurada” No tenía nada mejor que hacer, así que decidí entrar. Me acomodé en la butaca que me tocó en suerte e intenté mantener el silencio reinante.

Unos segundos de expectativa… Se abrió el telón… Apareció Chaplin con el número uno entre las manos. Detrás de él vinieron Stan Laurel y Oliver Hardy, con el número dos. Luego, Mo, Larry y Curly metiéndose los dedos en los ojos y señalando el tres que nos dejó de nuevo en una total oscuridad. Pero de inmediato, la luz irrumpió en nuestras retinas y el escenario se pintó de colores. Los espectadores coreamos un rumor de asombro. Entonces, apareció el Mickey Mouse de Fantasía, dirigiendo una orquesta con los dibujos animados más famosos de la historia. La orquesta se fue apagando tras la penumbra, pero su música continuó ambientando la sala. Jim Carrey entró en escena haciendo de la máscara y bailando exageradamente el mambo.

Era odioso. Miré a mí alrededor buscando un gesto de complicidad pero me fue imposible. El teatro estaba lleno y no podía distinguir ninguna cara en concreto. Todos parecían maniquíes de un escaparate. Por suerte, el mago Merlín vino a nuestro rescate e hizo desaparecer a la “mascara” con un toque de varita mágica. Luego pintó un desierto como escenografía. Entonces, la orquesta de dibujos invisibles empezó a interpretar el vuelo del moscardón y apareció el ex presidente Bush con ropas del desierto. Llevaba las riendas de un extraño camello de trapo. Nos mostraba una foto de Bin Laden y mediante gestos, nos preguntaba si lo habíamos visto. Entonces, el camello se puso a orinar sobre dos torres gemelas de papel, que curiosamente estaban al lado de una palmera de la escenografía. Bush corrió hacia él llevándose las manos a la cabeza y gritando incoherencias sobre el terrorismo. Esto provocó que el camello saliera deprisa de la escena. Bush volvió a la carga preguntando por el de la foto. Pero algo había cambiado en su rostro: ya no era Bush, era el mismo Bin Laden. Todo el mundo reía y Bush no lograba darse cuenta cual era el motivo de tanta carcajada. Cruzaba los brazos y resoplaba ofendido. De pronto, Marcel Marceaux entró en escena, le acercó un espejo con ruedas y le hizo gestos para que se reflejara en él. A pesar de su estupidez innata, Bush reconoció la cara de su archienemigo. La revelación lo puso en pie de guerra. Empezó a hacerle gestos amenazadores y se mordía el puño al estilo mafioso. Marcel Marceaux empezó a tirar lentamente del espejo y todos salieron de escena. Volvimos a la oscuridad.

La orquesta empezó a interpretar Macho Man de Village People y entró Rocky de tacones y guantes de boxeo. Hacía poses de halterofilia y agitaba una pequeña banderita americana. Detrás de él se puso Mr Bean que lo imitaba de forma muy graciosa. Fruncía el ceño y mostraba sus diminutos bíceps con la mayor concentración posible. Estalló la alegría. Las risas eran increíblemente sonoras y no había forma de detenerlas. Todos nos partíamos de risa. No podíamos detenernos. Más que un ataque de risa era una crisis nerviosa generalizada. Su tanga era la bandera americana y la de Mr Bean era un calzoncillo blanco y raído. De repente empecé a sentir un olor asqueroso. No había duda: era una flatulencia de mi vecino. El episodio se repitió con varios de los asistentes al espectáculo ¡Por Dios! Era un concierto de flatulencias ¿Qué estaba pasando? Mí vecino descaradamente me dijo:

— ¡Qué divertido! Me he cagado de risa literalmente. O más bien me he cagado encima jajaj. No puedo parar jajaja me duele el estómago, pero no puedo parar jajaja. Me río pero en realidad debería estar llorando jajaja. Mi esposa y yo perdimos a nuestro único hijo...jajaja lo atropelló un coche a la salida del colegio jajaja ¡No entiendo porqué me río tanto!

— ¡No se preocupe, mi madre acaba de morir, jajajaja...y mire como me río!— le contesté sin parar de reír.

— ¡Jjajaja, eso no es nada! A mí me han diagnosticado cáncer...jajaja me quedan algunos meses de vida— dijo otro más allá.

— Jajaja y yo perdí una pierna en un accidente de moto ¡Miren bailo en una pata! — gritaba de alegría un adolescente vestido como rapero.

Entonces, mi vecino empezó a tener espasmos como si tuviese un ataque epiléptico. Sin previo aviso empezó a echar sangre por la boca. Su esposa lo miraba y no paraba de reír, mientras el pobre hombrecito se desangraba.

— Miren, a mi esposo jajaja. Explota de risa jajaja— decía la mujer de pie, alentando al público a mirar aquel volcán de sangre. Desde la platea alta cayó un espectador partiéndose la espalda en dos y desparramando sus piernas entre las butacas. Parecía una marioneta.

— Me he caído...jajaj. No siento las piernas...jajajaja...miren....sólo me duele cando me río…jajajaj— gritaba con los ojos desorbitados y todos reíamos a carcajadas. Entonces, la mujer regordeta de al lado explotó espontáneamente empapándome de sangre. No podía ver nada por los pedazos de carne y grasa que embarraron mi rostro, pero aún así podía escuchar otras explosiones alrededor mío. Al limpiarme descubrí aquella carnicería. En el escenario Tom y Jerry se encargaban de destrozar a la orquesta cortándolos en pedazos con sus propios instrumentos. Era una orgía de sangre y carcajadas.

Empecé que sentir un espasmo que surgía de mi interior. Sería mi turno si no hacía algo. Intenté buscar la salida al teatro antes de que explotara mi alegre humanidad por los aires. Me arrastré entre los pedazos de cuerpos aún sonrientes y otros que estaban a punto de desintegrarse de alegría. Llegué hasta el cartel de salida sin parar de reír. Mi estómago se movía como si tuviese un alien dentro. Cuando crucé la puerta me pareció que el teatro se había convertido en un blister de medicamento y yo era una pastilla recién expulsada.

En ese momento me di cuenta que la tristeza era normal y necesaria. No se podía tapar con algo como los recaptadores de la serotonina. Sería como esconder la mugre debajo de la alfombra. Había que sobrellevar la depresión sin soluciones artificiales. Preferiría estar triste a estar riendo sin parar como un demente. Al llegar a esta conclusión, la horrible alegría se detuvo y volví a la normalidad. A esa normalidad que no quería, pero debía volver. Aún hoy, me doy cuenta que aquel fue un año difícil. El año en que casi muero de risa.

***

2 comentarios: