

Recibí un e-mail con el encargo. En el adjunto estaban las fotos y la información del caso. No venía firmado. Aunque parezca extraño era habitual este tipo de contacto virtual. Muchas veces el cliente no quería ser identificado y prefería el trato a distancia. El trabajo estaba más que claro: debía encontrar el paradero de Antonio Castillo, un mercader de libros que parecía haber desaparecido sin dejar rastro. En mi larga carrera de investigador he comprobado que la mayoría de las veces que alguien se esfuma por más de dos semanas, es porque ha sido asesinado. Sólo a veces, desaparecen porque deben dinero. Ya sea la pensión alimenticia de su esposa, un préstamo a los bancos o deudas de juego. Por cualquier otra razón como enajenación mental o un accidente automovilístico, el sujeto aparece a la semana en algún hospital de los alrededores.
Revisando las fotos y la información, no me quedaba claro el motivo de Antonio para desaparecer. Era un hombrecito bonachón, algo gordito, pelirrojo y de gafas redonditas. No parecía el típico juerguista o adicto que se mete en problemas sin que su familia se entere. No era rico, pero tampoco pobre. No tenía grandes enemigos, pero tampoco muchos amigos. En cuanto a su familia, sus padres aún vivían y su mujer estaba embarazada por primera vez. Ella era más joven que él y recién se habían casado. No parecía tener un motivo para fugarse. Todo lo contrario. Habría que intentar descubrir si la esposa estaba detrás de su desaparición para cobrar algún tipo de seguro y/o sí tenía un amante. El dinero siempre estaba detrás de todo en este tipo de casos, pero mi instinto me decía que esta vez era diferente. No era un caso habitual.
Mi teoría sobre la culpabilidad de la esposa fue rápidamente descartada dos días después cuando recibí el giro bancario a su nombre, una condición imprescindible para iniciar mis servicios como investigador. SI la esposa tenía algo que ver con la desaparición no pagaría los servicios de un investigador privado de renombre. Aunque hay gente para todo. Mis servicios podrían ser la propia coartada de la mujer. Digamos que tenía muchas líneas de investigación para seguir, pero por algo me decían “Hércules”. Ya que era capaz de superar todas las pruebas necesarias para llegar a la verdad.
Tendría que empezar a estudiar la vida de Antonio. Sus costumbres, sus relaciones, sus vicios, sus pasatiempos; entrar en su cabeza, pensar como él. Ser él. Con lo años había llegado casi a la perfección en la investigación privada. Mi promedio era excelente. Además, el uso de las nuevas tecnologías habían hecho más ágil mi trabajo. Las fotos las enviaba por e-mail y las sacaba con micro cámaras escondidas en gafas o en maletas. Podía grabar el sonido a distancia o instalar micrófonos en cualquier parte. Lo más interesante era que el contacto virtual me permitía pasar al anonimato. Me contrataban y me pagaban por Internet, pero nunca sabían quién era. Mi rostro. Mi fisonomía eran secretas. Eso para mí era fundamental, porque muchas veces me veía obligado a seguir al cliente para saber si era de confiar.
De la mujer no había mucho que averiguar. Daba clases de informática. Iba del trabajo a casa y de casa al trabajo. Parecía bastante afligida por la ausencia del esposo. Esa misma noche recibí un e-mail firmado por ella, donde me explicaba cuál era el verdadero carácter de Antonio. Presuntamente era bipolar y cada tanto, cuando se estresaba, sufría de crisis maniáticas y terminaba haciendo cosas realmente extrañas. La última vez se había convertido en el protagonista del libro que estaba leyendo. Por lo que era fundamental encontrar esta lectura. Al terminar de leer me sentí decepcionado. Esperaba un caso más interesante como un asesinato o un robo de joyas. Menudo loco. Seguramente aparecería internado en el hospital mental de alguna ciudad vecina ¿En qué se habría convertido ahora: en un asesino sicótico, un vampiro o un yonki?
Tenía que seguir mi procedimiento habitual, que consistía en juntar información para armar el rompecabezas de su vida. Me dirigí a su estudio de trabajo. Como me había indicado la esposa, encontraría la llave debajo de la alfombra. El estudio, era un departamento noveno con vista a la playa y al parque de atracciones. Al entrar te encontrabas con un una gran biblioteca repleta de coloridas colecciones de libros. A la derecha un gran sofá para poder ver el atardecer y más allá, una amplia terraza que inspiraría a cualquiera. El viento hacía silbar las ventanas, alimentando el panorama tormentoso y la sensación de estar naufragando en un velero. A la izquierda había un mueble negro que tenía encima unas fotos en blanco y negro de escritores famosos. Inmediatamente al lado, había una colección de pipas de diferentes tamaños y formas. En los cajones no había más que facturas impagas y tabaco de diferentes tipos. Me puse a fisgonear en los documentos. No parecía que le estuviese yendo bien con el negocio de la editorial. Además, esperaba un hijo, que significaba que tendría que conseguir más dinero para mantener a su familia. Eso le preocupaba. A mí al menos me preocuparía. Quizás pensó que era mejor quitarse del medio y no ser una carga para su mujer ¿Se habría suicidado? Era posible.
En el armario había unos extraños zapatos marrones y unas camisas desteñidas por la moda. En el baño, estaban sus cosas, su cepillo de dientes, su desodorante; no se había llevado nada con él. Esa no era una buena señal. Cuando alguien escapa siempre se lleva este tipo de artículos personales. También anota direcciones y teléfonos en alguna parte. Una buena estrategia es revisar la basura y las papeleras del escritorio. Siempre hay algún ticket, anotación o envase que nos muestra los últimos minutos del individuo. En este caso no encontré nada más que listas de libros y restos de comida. En la pantalla del ordenador había unos post it, pero eran anotaciones bibliográficas sin sentido para alguien como yo.
Estaba desconcertado. Era un caso más para un siquiatra que para mí, pero me estaban pagando por encontrarlo y tenía que hacer mi trabajo. Estaba convencido de que Antonio aparecería de un día para el otro colgado de algún edificio gubernamental o con suerte en la cárcel. Comprendía la angustia de la esposa. Antonio se perdería el nacimiento de su primogénito por no haber tomado una simple pastilla. Como decía la esposa, resultaba imprescindible encontrar el último libro leído, pero a primera vista no veía ninguno abierto ni marcado. De repente, me pareció ver algo tirado debajo del escritorio. Me agaché con la intención de recogerlo, pero en ese momento sonó el teléfono y me golpeé la cabeza con el escritorio. Me levanté de un salto, cogí el libro y corrí hacia el living. Con tensión esperé a que la contestadora se disparara. Me dispuse a escuchar el mensaje. Era la voz de una mujer:
— Mira Antonio… deja de hacer el tonto y vuelve a casa. Esta vez has ido demasiado lejos. Entiendo que estás nervioso por lo del niño, pero vuelve a casa. Vuelve. Toma alguna pastilla y vuelve. No me dejes sola en este momento, Antonio. Por favor…no lo hagas. Tu mente te está jugando una mala pasada…reacciona…no eres quién piensas que eres... — dijo la mujer sollozando.
Un escalofrío corrió por mi espalda. Miré la tapa del libro. Era de Agatha Christie. Mi libro preferido. Antonio y yo quedamos en silencio. Caso cerrado.
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