Sinfonía de persianas

Opus I

El chirriar de la persiana era como música para sus oídos. Toda una orquesta de nuevas sensaciones. Por fin había logrado iniciar algo por sí misma. Ya no dependería de su marido para poder subsistir y no tendría que escuchar sus quejas. Si bien la muerte de su padre había sido dura, le había permitido heredar cierto dinero para comprar la llave de un kiosco de revistas. Eso sí, cada día, tendría que despertarse muy temprano para poder recibir los periódicos. Volvería tarde a casa y a la cena, pero tampoco tenía nada porqué volver. Sentía que ya no era su hogar. Sus hijos se habían marchado de casa y su marido le parecía un total desconocido, a pesar de haber vivido junto a él los últimos treinta años. Sin los niños, ya no había de qué hablar. Al principio la idea de comprar un kiosco le había parecido un disparate, pero al final, aquel hombrecito -al que veía como a un hijo- la había convencido de que no importaba la edad, sino las ganas de iniciar algo nuevo. Y ahora estaba feliz. Se sentía viva por primera vez.

Cogió con esfuerzo los periódicos, los metió en el local y volvió a bajar la persiana. Mientras, estaba agachada desarmando y clasificando los paquetes, escuchó un ruido ensordecedor. Después, sintió un golpe y todo se volvió negro.

Opus II

Su padre había iniciado el negocio en los años sesenta y le daba pena tener que venderlo. Pero ya estaba cansado de levantarse a las seis de la mañana, día tras día. No había sábado ni domingo. Alguna vez había intentado abrir a las ocho, pero entonces los vándalos le robaban los periódicos o se los meaban. No había escapatoria, lloviera o tronara tenía que despertarse temprano. Sólo se podía desquitar cerrando al mediodía y disfrutando de una pequeña siesta. Pero eso también se había terminado. Para poder ver a su hija recién nacida, tenía que esperar a que su esposa la trajera. Abrir y cerrar. Cerrar y abrir. Comer algo y volver a trabajar hasta las ocho y media de la noche. Era un esclavo de los periódicos y quería tener más tiempo para disfrutar con su familia. A eso se sumaba que el vecino de arriba quería agredirlo por el ruido de la persiana. No podía entender lo caro que costaba cambiarla y que no lo haría por un solo vecino. Aún si viniese toda la comunidad no lo haría.

Tenía que seguir las señales y su instinto le decía que era el momento de vender. De dedicarse a lo que siempre había querido. De bajar la persiana del negocio de una vez por todas, antes de que terminara con su salud. Ya tenía la espalda arruinada. Nadie mejor que su suegra para comprarlo. Era la candidata perfecta. Tenía el dinero y tiempo para dedicarle. De paso se la quitaría de encima. No la tendría en casa todo el día llenando el aire con sus quejas. Sería como matar dos pájaros de un tiro.

Opus III

Ya había intentado dormir con todo tipo de tapones, pero la persiana lo despertaba todos los días a las seis y media. No había lunes ni domingo. Era un ruido ensordecedor que lo arrancaba de la cama de un salto. Era como si un elefante pisara una bolsa de gatos. Después no podía volver a conciliar el sueño. A las ocho y media tenía que estar en la oficina y tomar litros de café para mantenerse despierto. Ruidos. Odiaba los ruidos. Tenía siete contenedores de basura frente a su ventana. Plástico, orgánico, papel, vidrio y tres indiferenciados. Los camiones pasaban toda la noche hasta las tres y media. Parecían tanques de guerra con sirena incluida. Sólo le quedaban tres horas para dormir en paz y luego venía la bolsa de los gatos.

Lo había intentado todo. Primero tuvo la amabilidad de hablar con el dueño y ponerle grasa con un pincel, pero el ruido no disminuía. Un día bajó y la descarada de su esposa le había dicho que el problema estaba en el eje y por más que le pusiesen grasa no funcionaría. Eso quería decir que le habían estado tomando el pelo. Estalló la guerra. Empezó a robarle los periódicos, incluso a mearlos. Después, lo denunció a la policía por ruidos molestos. Lo único que quería era que las autoridades viniesen con un medidor de decibelios. Pero, los muy idiotas sólo le aconsejaron que levantara la persiana más lentamente, haciendo que la “muerte de los gatos” fuese más agónica y horrorosa.

Harto, se presentó en el destacamento policial y les dijo que si no cambiaba la persiana lo mataría a golpes. Pero el agente se limitó a decirle que no arreglaría nada con eso. Terminaría en prisión o tendría que pagarle una indemnización y la persiana seguiría haciendo ruido. Que era el problema de vivir en una ciudad con millones de personas y bla, bla, bla. Que tenía que adaptarse a vivir con el ruido o mudarse al campo. Entonces, decidió llenar la cerradura con silicona para provocar una pelea. A la mañana siguiente escuchó, como refunfuñaba el miserable, mientras le pagaba al cerrajero. Parecía muy enojado por el gasto, pero su esposa le decía que no subiera a hablar. Que no se arriesgara.

El truco no le había funcionado. El hijo de puta, era cobarde además de tacaño. Lo odiaba. Lo odiaba por la mañana y al mediodía, cuando parecía abrir y cerrar cuatro veces ¿Porqué lo hacía? ¿Lo hacía para molestarlo o qué? Ni en la siesta lo dejaba en paz. La última vez que lo había visto, estaba agachado juntando los periódicos. Estuvo tentado a darle una patada en el culo, pero prefirió darle el ultimátum. Si en una semana no cambiaba la persiana, estrellaría su coche contra ella. Y así lo hizo.

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