WISH ORIENTAL





Después de mudarme a Londres comencé a entender por qué los ingleses cuando iban a España se tiraban al sol hasta quedar rojos como gambas. Luego de nueve meses de llovizna persistente, me sentía débil y desmotivado. Me había convertido en otro londinense sediento de sol. Necesitaba su energía, pero faltaba mucho para el verano. Así que fui a una tienda china y me compré la Wish-Oriental para consolarme. Tenía las mismas funciones de traslado, proyección y final que las otras marcas.

Enchufé la máquina, me puse el casco y la encendí. Cerré los ojos y pedí mucho sol. La máquina me envió directamente a una playa de Tailandia. La arena era blanca como la harina. El mar era de un color fluorescente y las palmeras tocaban una melodía digna de violines. Unos minutos después, el deseo avanzó a la función de proyección. El sol comenzaba a abrazar mi piel. Los minutos eran horas y las horas eran años. Trataba de escapar de los rayos solares, escondiéndome bajo las palmeras evitando quedar ciego por el reflejo. La desgraciada maquina era tan exacta que me mostraba el resultado de estar en esa playa durante décadas. En la función final, la historia terminaba conmigo en un hospital con un melanoma en el pie como le había sucedido a Bob Marley cien años atrás.  ¿Qué clase de maquina era esta? ¿De los deseos o de la realidad? Vaya porquería.

Lo intenté de nuevo. Esta vez, la máquina me trasladó a unas vacaciones de verano en las costas de Mallorca. Tomaba el sol temprano en la mañana y al mediodía me refugiaba en los chiringuitos, bebiendo sumos y comiendo frutos del mar. La proyección, me llevaba a la oficina luego de veinte días de relax. Al llegar, tenía cientos de mails y preocupaciones atrasadas, pero estaba preparado para afrontarlas con energía. El final, me mostraba meses trabajando para volver a la tierra del sol y la felicidad.

Me quité el casco sorprendido. Una semana atrás había arreglado mis vacaciones a Mallorca. Parecía imposible escapar de la realidad agendada. Tiré la máquina a la basura y traté de imaginar que no faltaba tanto para agosto. Mi mente lo haría mejor.

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