El poder de
las trasnacionales telefónicas se extendía y poco a poco se iban uniendo para
conformar un oligopolio fuerte y competitivo. Estaban los de la compañía
naranja que venía creciendo con la estrategia de precios bajos, los de la
roja que destacaban su mejor atención al cliente y los de la azul (la empresa
estatal) que poseían las mejores antenas de transmisión. Estos tres colores se
repartían el mercado y eran capaces de hacer cualquier cosa para ganar nuevos
clientes o robárselos a las demás. Ya no se trataba de ver quién daba el mejor
teléfono con el mayor período de contrato, ahora también competían para ver
quién tenía las mejores instalaciones y los mejores trabajadores.
Me surgió la
oportunidad de entrar en la compañía azul. Estaba sin trabajo, había agotado
mis ahorros y las prestaciones de empleo, así que me veía obligado a trabajar,
algo que nunca me había gustado demasiado. Como decía mi tío Rómulo: “Seamos
honestos… ¿A quién le gusta trabajar?” La verdad no me sorprendía mucho su
razonamiento, tomando en cuenta que era empleado público, pero en el fondo
tenía razón. No eran las tareas repetitivas y burocráticas las que me hacían
odiar a las oficinas, sino el ambiente de trabajo. El chismorreo, la
persistente cizaña y la adulación asquerosa y genuflexa. Pero sobre todo, la
sonrisa de hiena que hay que tener para moverse con soltura en la jungla del
laboral. Me repugnaba y me resultaba difícil de representarla con naturalidad.
Sabía que tenía que adquirirla si quería sobrevivir, porque no había
encontrado otra forma de ganarme la vida que no fuese como oficinista.
El sueldo no
era malo, pero era una tarea alienante. Estar en una cabina sentado contestando
llamadas de clientes malhumorados que la mayoría de las veces no sabían
utilizar el teléfono móvil y había que explicarles alguna de las funciones
básicas, era insoportable. No podías hablar con tus compañeros de las cabinas
contiguas y si te levantabas muchas veces de tu asiento te ponían un ticket. Si
tenías mucho tickets te quitaban horas de trabajo y te daban los peores turnos.
A pesar de lo deplorablemente simple y repetitiva de la tarea, entrar no había
sido fácil. Tuve que pasar un riguroso proceso de selección y superar varias
pruebas y tests dignos de un aspirante a astronauta. Había que demostrar
que eras una persona muy orientada a los objetivos y capaz de automatizar tus
procesos mentales. En resumen: responder a cada pregunta como si fueses
un robot con un discurso pre-guionado. Para lograrlo te daban una semana de
entrenamiento. Nos encerraban en cabinas oscuras y nos ponían una grabación con
las respuestas que debíamos contestar. Si te equivocabas, sonaba un zumbido
horrible en el auricular que te hacía doler hasta las muelas.
A pesar del
sufrimiento y mi poca memoria, pasé las pruebas y me dieron el uniforme azul.
Tendría el honor de trabajar en las recientes instalaciones del parque
telefónico. Las grandes compañías habían unido esfuerzos y habían construidos
tres torres de cristal. Una naranja, otra roja y otra azul. Debajo, estaban las
otras compañías menos poderosas como la verde y la blanca. Las torres de
cristal tenían forma de bala y parecían peceras multicolores. Podías ver a
todos los que trabajaban dentro de las torres a cientos de metros. A la
distancia veías su uniforme de color, su gorrita con la marca de la compañía y
el auricular. En el centro de la torre estaban las oficinas y los supervisores
sólo tenían que salir de las oficinas cerradas y pasear por los pasillos para
ver quién estaba haciendo su trabajo y quién no. No sólo grababan las
conversaciones que tenías con los clientes, sino que habían hecho las cabinas
con cristal y te podían ver de todas partes.
Parecía una
prisión. Desde el piso 23 de la pecera azul, podía ver a los de la torre roja o
la naranja. A la hora de la comida, todos salíamos a los restaurantes de la
zona y el parque parecía la viva representación de los juegos olímpicos. Había
gente de todas partes del mundo conformando algo así como las naciones unidas
del teléfono. Quizás este era el aspecto interesante de trabajar como agente de
atención al cliente. Que era como nos hacíamos llamar. Sabía que no
duraría mucho en este tipo de trabajo, pero tenía que salir adelante haciendo
alguna cosa. Hacía años que ya no tenía a quién pedirle dinero y debía valerme
por mí mismo. Si no, tendría que salir a mendigar. No me sentía contento
con la vida que estaba llevando y me costaba sonreír. Hacía mucho tiempo esa
mueca era desconocida para mí rostro y quizás por eso no tenía arrugas a pesar
de haber cumplido algo más de treinta años. Incluso, me sentía raro cuando
practicaba en el espejo. Tenía que hacer mucha fuerza para sonreír, pero era
parte del entrenamiento que nos daban. Debíamos sonreír al final de cada frase.
Creo que además de mi estado de ánimo, mis mejillas eran muy grandes y no tenía
la fuerza necesaria para empujarlas hacia arriba. Cuando me veía al espejo me
sentía como un perro cocker. Estaba convencido que no me veía bien cuando
sonreía. Además, no podía recrear la sonrisa de hiena. Esa de sonreír cuando
tienes rabia, de ser agradable con gente que te cae mal o de aceptar una tarea
denigrante fingiendo agradecimiento.
Cuando miraba
a los demás, sentía envidia de la naturalidad con que podían ponerse la máscara
de la hipocresía y quitársela al volver a casa. A esta habilidad se la llamaba
comúnmente “profesionalidad”. Me preguntaba cuanto tiempo habrían
practicado para ser tan buenos ¿O era un talento natural? Siempre he
tenido miedo a que la máscara de la sonrisa falsa se me quedara pegada al final
de las ocho horas y el espíritu de una hiena se incorporara en mí, dejando mi
alma relegada a un rincón de fin de semana. Por otro lado, una voz me decía que
quizás las cosas me irían mejor si me dejara conquistar por la hiena que todos
llevamos dentro. Maldito mundo. El dinero nos había arruinado, corrompido hasta
la médula. Tengo muy clara la duda sobre la existencia de Dios y poco
clara la certeza de que el Diablo existe y se manifiesta en forma monetaria. El
dinero es el culpable de todas las desgracias. Piénsalo y te darás cuenta. De
todas maneras no me quiero poner filosófico, porque me deprimo. Prefiero pensar
que mi paraíso personal es mi tiempo libre y tratar de sobrevivir año tras año
para morir de viejo y no de pena.
Ir cada día a
la “pecera” era una tortura. Diría que más que una pecera era un panal y
nosotros éramos las abejas obreras. Había de todas las razas: asiáticos,
africanos, europeos, sudamericanos, del este de Europa y de países que no sabía
dónde
quedaban. Todos con el auricular, la gorrita,
el ordenador y una necesidad tercermundista de sobrevivir en Europa aunque
fuese con un sueldo miserable. Cuantos más idiomas supieras era más fácil que
pudieras ascender de grado y convertirte en supervisor o sargento, como les
decíamos nosotros. A mí realmente me daba asco el sistema de jerarquías y las
conversaciones con los clientes. Por más que lo intentaba, me costaba
sonreír cuanto un idiota me insultaba, pero era una buena técnica para no
empezar a gritarle. La otra era bajar mucho el volumen de mi voz para que el
indignado usuario no escuchase bien. Esto hacía que él también bajase su tono y
pudiese recitarle mi discurso preparado. A veces tenía ganas de mandar a tomar
por culo a algún cliente imbécil que no entendía lo que le decía. Claro que no
podía porque se grababan y además no era conveniente que alguien se quejara.
Era una mancha en el expediente. Quizás por eso, de un día para el otro,
la gente desaparecía y aparecían nuevos compañeros de trabajo con nuevas
motivaciones. Los turnos eran rotativos y todas las semanas cambiaban. O sea
que mis horas de sueño se veían perturbadas permanentemente. La consecuencia inmediata
fue que empecé a sufrir de insomnio.
Era un sábado
cualquiera y me tocaba trabajar. Llovía sin parar y cuando eso pasaba era
muy difícil escuchar las llamadas. Además, mi cubículo estaba en lo alto de la
torre y hacía un frío horripilante. Decidí cambiarle mi turno a un compañero
nigeriano que aceptó de buen gusto porque tenía que enviarle dinero a sus hijos
en Alemania. Me quedé en casa tocando la guitarra todo el día, tratando de
exorcizar los demonios internos, ya que pronto tendría que volver a la
pecera. Siempre había soñado con ser un músico, pero mis padres me habían
convencido de que me moriría de hambre. Que no llegaría a nada ¿Pero a qué
había llegado ahora? ¿Para esto había estudiado cinco años de Ciencias
Económicas? Se suponía que todo ese calvario era para conseguirme un buen
trabajo, pero al final sólo había conseguido un trabajo de mierda. En realidad
no había sido un buen plan porque no había logrado triunfar o escalar
posiciones en una empresa. Sólo conseguía trabajos que odiaba como
este.
Me detuve a pensar todo esto cuando la televisión empezó a mostrar como las inundaciones estaban afectando la ciudad. Al principio no me pareció importante porque siempre algo se inundaba, pero doce horas después, la lluvia no cesaba. Media ciudad comenzaba a quedar bajo el agua. Los coches flotaban calle abajo y las ancianas intentaban no ser arrastradas por la corriente, aferrándose a cualquier columna del alumbrado o a los brazos de un desconocido. La siguiente imagen que mostraron fue la del parque telefónico. Las torres azul, roja y naranja estaban empezando a ser cubiertas por el agua. Los tele-operadores con sus gorritas y uniformes coloridos, gritaban silenciosamente detrás del cristal, intentando en vano pedir auxilio. Otros más desesperados, se tiraban por las ventanas y sus cuerpos rotos flotaban arrastrados por la corriente. Ante tanta tragedia, sólo pude atinar a estrangular un grito en la boca del estómago. Luego miré al cielo con un gesto de agradecimiento a Dios, como lo haría cualquier persona que recurre a la religión sólo cuando hay problemas. El ángel que siempre me protege me había salvado. Vi a mis compañeros morir ahogados esa noche. La pecera azul se había convertido en una verdadera pecera y los peces de colores flotaban muertos. Por suerte este pez que ahora escribe convencido de la fuerza divina, ese día no había ido a trabajar. Fue una tragedia de enormes proporciones. No sólo murieron cientos de personas, sino que toda ciudad se quedó sin teléfono móvil.
Algunas
semanas más tarde, alguien me dijo que se abrían las audiciones para
tocar en el metro. El terror por la tragedia de las peceras me empujó a llevar
mi guitarra y cantar una las canciones que siempre cantaba cuando íbamos de
camping. Ahora toco en el metro. De eso vivo. Es cierto que hace frío. Es cierto
que a veces no me dejan muchas monedas. Es cierto que los fines de semana
son un poco peligrosos porque hay muchos borrachos. Pero a pesar de todo eso,
me siento contento y cuando veo a la gente corriendo de un lado a otro
derramando su café y desbordados por el estrés, sonrío. Pero ahora sonrío
de verdad. Ya no tengo que practicar nada frente al espejo.

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