EL COBAYO




Cuando salí del hospital tenía una pierna rota y un pedazo de cráneo artificial. Mi vida ya no sería la misma, aunque era difícil de describir cual era mi verdadero problema. En apariencia todo seguía igual. La colisión había hecho que un trozo de metal entrara en mi cerebro poniendo en riesgo mi vida. Los médicos decidieron quitarlo y la operación fue un éxito. O al menos eso parecía, porque a primera vista no se notaba que quedaran grandes secuelas. En cuanto a la pierna, de a poco me iba recuperando a base de fuertes sesiones de fisioterapia.

Con el tiempo empecé a notar que algo andaba mal. Todos decían que no me comportaba igual. Yo no consideraba estar haciendo nada raro y tampoco entendía eso de que estaba “frío” “que no me preocupaba por los demás” o que era “distante”. No estaba enojado. No me sentía triste. No sentía pena ni dolor. No tenía orgullo; remordimiento, lástima o envidia. No sentía pasión. Tampoco amor, cariño, ni miedo, ni nervios, ni felicidad, ni odio, ni nada.  Me sentía normal. Estable. No sé si eso era la felicidad, pero todo parecía pasar a través de mí sin dejar huella ¿Eso era bueno o malo? No lo sabía y tampoco entendía porqué tenía que ser de una u otra forma. Mi familia me recomendó hacer terapia de grupo y visitar un psicólogo. Decían que estaba en estado de shock por el accidente y la muerte de mi esposa. El neurólogo no podía determinar exactamente los efectos del daño cerebral. Había que esperar y realizar más estudios.

Los meses fueron pasando y cada vez estaba más acostumbrado a mi nuevo estado, pero todos los que me rodeaban empezaron a alejarse de mí. Decían desconocerme y yo no entendía a que se referían. Para mí seguía siendo el mismo gordito de ojos negros que todos conocían, quizás un poco cojo y con una cicatriz en la frente, pero con la amabilidad que me caracterizaba.

Fue difícil enfrentarme a la verdad: ya no podía tener sentimientos. Ese fue el diagnóstico. Padecía una rara discapacidad de la que no existía cura hasta el presente. Había muy pocos casos del llamado “adormecimiento de los sentimientos” y en mi caso más que dormidos, los sentimientos habían muerto. Decían que usualmente el origen de esta enfermedad se debía a causas sicológicas –algún trauma de la niñez- pero en mi caso se sospechaba que la parte del cerebro que había resultado dañada por el trozo de metal, era donde se alojaban mis emociones. Tampoco tenía memoria emotiva. A pesar de tenerla intacta, mi pasado había desaparecido y el futuro no existía. Porque esas memorias no tenían valor para mí. Había nacido de nuevo como persona. No me sentía mal, pero todos me habían abandonado. Estaba solo, pero bien.

Los médicos insistían en intentar buscarme una cura. Trataban de llegar a una combinación de fármacos que me devolviese lo que ellos llamaban “estabilidad emocional”. Pero era difícil, ya que si bien existía medicación que podía anular o alterar parte de los sentimientos, ninguna podía crear emociones de la nada. Lo que descartaba la solución química a mi “problema”.

Entonces, decidieron experimentar conmigo. Querían ponerme en situaciones límite para ver cual era mi reacción. Para eso necesitaban que firmara el consentimiento informado donde de cierta forma los autorizaba a utilizarme como si fuese alguna especie de Frankenstein moderno. Acepté pero con una condición: si se probaba que no tenía emociones, ellos mismos tramitarían algún tipo de compensación económica o subsidio por incapacidad. Necesitaba sobrevivir y como decía mi madre, no había peor discapacitado que aquel que no podía sentir amor. Así que tenía todo el derecho de percibir la indemnización.

Así pasaron meses de experimentos y estudios. Era una especie de cobayo humano. No tenía amigos, ni pareja, ni familia, sólo científicos a mí alrededor. Me sometían a las peores aberraciones humanas, tanto físicas como psicológicas. Me hicieron ver terribles imágenes sobre la muerte de mi esposa, me sometieron a incansables interrogatorios y hasta llegaron a utilizar métodos de tortura dignos de la inquisición. Según los resultados respondía normalmente a todo estimulo físico, pero no asomaba ni un ápice de mi pasada afectividad.

Ya nadie quería relacionarse conmigo, porque simplemente no me veían como a una persona. Dejaban de interesarse por mí. No se podían conectar afectivamente conmigo como lo hacían con otras personas. No sentían odio, rechazo, pena, ni nada por mí. Entonces perdían el vínculo rápidamente. No existía. Los sicólogos veían con preocupación la forma en que volvería a insertarme en la sociedad. Mientras estaba aislado no había problema, pero una vez fuera no sabían de lo que era capaz. Podía convertirme en un peligro para la sociedad y realizar los actos más aberrantes sin el menor remordimiento. De cierta forma estaba en una prisión. Todo por no tener sentimientos. Para mí no era un verdadero problema, pero para la sociedad parecía ser una amenaza.

Era un momento crucial en mi vida y tenía que tomar una decisión sobre mi futuro. Había nacido de nuevo, pero ahora tenía que seguir viviendo. Y no tenía nada porqué seguir. Fue entonces cuando recibí la carta de una persona que todos conocemos, pero que prefiero no nombrar. En unas cuantas líneas logró encaminar mi vida para siempre. Su carta decía “Nos hemos enterado de su caso. Tiene un talento particular y queremos que se una a nosotros.”  


Y así comenzó mi  carrera política.

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