Apretó los dientes y todo su
cuerpo, pero el dedo no quería presionar el gatillo. Dejó el arma sobre la mesa
y se miró al espejo pensando lo cansado que estaba. Tapó sus ojos por un segundo para escapar del presente y
pensar en el futuro. Luego deslizó las manos por su cara lentamente, mientras
soltaba el aire en forma de queja. No hubo tiempo para más. Alguien entró al
camerino para informarle que le quedaban unos minutos para salir a escena. Parecía
tranquilo. Incluso decidió retocar un poco su maquillaje para cubrir la palidez
de su rostro y luego simplemente se levantó representando su próximo personaje.
El monologuista que le precedía, también
era de primer nivel, así que le dejaba un público ávido de escuchar sus acostumbradas
hipérboles. Ese era su estilo. Podía hacer reír a la gente con sólo levantar
una ceja o torcer la boca. Era una habilidad innata y que había surgido desde
muy niño. Siempre que venían visitas tenía que llamar la atención haciendo
tonterías. Así fue creciendo entre bromas y alegría. Todos lo querían en su fiesta de cumpleaños.
Aunque contase un chiste tonto, la forma en que lo interpretaba era genial y su
aspecto lo ayudaba bastante. Pelirrojo, de ojos azules y saltones, sólo tenía
que decir algo exagerado y todos se partirían de risa. El payaso era su
personaje y su misión: hacer reír. Iba por el mundo como un ser mágico que
conectaba a la gente con la alegría. Una alegría que no lograba conectar dentro
de sí mismo, pero que ansiaba tener.
Así fue creciendo como persona y
como artista, hasta que pudo vivir de eso. Cada día era más famoso y todos
querían escuchar sus bromas. Empezó en la radio, pero rápidamente saltó a la
televisión y al teatro. Esta vez iba como
invitado especial al programa y el estudio estaba a reventar. No quedaba una
sola localidad de las tres primeras funciones. Todos los esperaban y ya
coreaban su nombre. Sin embargo, para la primera función estaba tardando
demasiado. Finalmente la luz se apagó. Se
hizo un gran silencio y un foco iluminó el escenario. El cómico entró en escena
caminando muy despacio. Tenía una hoja en la mano. El público aplaudía y lo
vitoreaba sin parar. Pero él parecía algo agobiado. Llegó hasta la silla y
acomodó el micrófono sin un gesto de bienvenida. Esperó en un inmóvil silencio a
que todos se callaran. Luego empezó a leer:
— Esta tarde he recibido una noticia inesperada. Los médicos me han
encontrado un tumor cerebral y parece estar bastante extendido. Aún si me expusiera a los duros tratamientos radiológicos
ven poco probable una recuperación. No me dan más de tres meses de vida.
(Se escucharon algunas risitas nerviosas.
Otros pedían silencio.)
— Es por esto que me pregunto...
¿Ustedes pretenden que venga aquí para hacerlos reír? ¿Creen que puedo; que
debo hacerlo?
— Jajaja..... el show debe
continuar amigo y hemos pagado la entrada.—grito uno en la primera fila.
— ¿Entonces a que has venido?
¡Devuélvanme el dinero!—dijo otro sarcásticamente.
— Jajaja ¿No irás a morirte aquí no?— se
desternillaba un adolescente.
— ¿Cómo pueden decir algo así?
¡Se está muriendo de verdad! ¿No os dais cuenta?— dijo una señora regordeta.
— Es broma ¿No lo ven?— dijo un hombre
de gafas.
— Shhhhh, déjenlo que siga— pidió
una mujer de lo más bonita.
—
Me gustaría que fuese broma, pero no lo es— dijo el
cómico mientras guardaba su carta en el bolsillo. Luego bajó la cabeza. Se hizo
un gran silencio. El cómico dejó caer una lágrima. Cuando abrió los ojos,
dentro de su sollozo tuvo la visión de que la audiencia estaba repleta de gente
disfrazada de payaso. Luego continuó diciendo:
—Es por esto que...tengo que...hacer
esto…—dijo lentamente. Entonces, tomó la pistola de su cinturón y la puso en su
sien. Inmediatamente la mujer bonita gritó pidiendo ayuda. Mucho extendieron sus
brazos y el equipo de cámara empezó a acercarse. Pedían que cortaran la
transmisión, pero el director se negaba.
—...terminar con mi vida frente a
ustedes. Les he dado toda mi alegría y ustedes me han quitado toda la que tenía
dentro. Ahora mi infelicidad se ha convertido en un tumor y ustedes son los
culpables.
— ¡Noooooooo!— gritaron todos.
El cómico apretó los dientes y
cerro sus ojos. Su mano temblaba, pero no podía apretar el gatillo. Entonces,
cuando parecía que iba a disparar, dio un grito desgarrador.
— ¡No puedo!¡No soy
suficientemente valiente para hacerlo! ¡Y además, son ustedes los que deberían morir!
Entonces, apuntó al público y empezó
a disparar. Todos corrían despavoridos. Una mujer bonita cayó envuelta en
sangre. Había cadáveres por todas partes. Un hombre gritaba en el suelo. Tenía
un disparo en la pierna y la sangre le brotaba a chorros. Los asistentes de
cámara se echaron sobre el cómico y entre todos lograron controlarlo. El
director cortó la transmisión.
Afuera, sonaban las bocinas de
los coches, la gente salía por las ventanas para ver lo que pasaba. Ambulancias
y patrullas de policía se dirigían velozmente hacía el canal. En los bares todos esperaban atentos la
reanudación de la transmisión o alguna noticia. El programa se reanudó. El
presentador salió al aire:
—No sé como explicar esto...—
dijo bajando la cabeza apesadumbrado—... todo esto ha sido una gran.....¡ BROMA!
¡Que entren los actores!
La música del show empezó a
sonar. Aparecieron los actores heridos y muertos. Se tomaron de las manos y
dieron las gracias inclinándose. Esperaban un gran aplauso, pero sucedió todo lo
contrario. El público se echó sobre los ideólogos de tan macabra broma. La
trifulca fue generalizada y sólo la policía pudo evitar que responsables fueran
linchados. Hubo varias decenas de heridos reales. Algunos con verdaderos huesos
rotos. Aún así, el director no dejó de transmitir en ningún momento, hasta que
el jefe de policía subió a la cabina y ordenó la interrupción. Luego los llevó a todos arrestados. Un hombre
había muerto de un infarto.
El juicio comenzó dos años
después, pero eso no impidió que el castigo fuese ejemplar y no fue un
atenuante la brutal paliza que los responsables recibieron. El director, la
producción y el presentador, tuvieron que pagar mucho dinero y fueron
condenados a penas de prisión excarcelables. El cómico fue el más perjudicado y
el que recibió el mayor castigo por ser el autor de la bromita: diez años de
prisión. Ni siquiera su familia quería
verlo. Su esposa cambió de ciudad e incluso el apellido de sus hijos. Nunca más
se supo de ella. Pero el cómico no completó la pena. A los seis meses su cuerpo
apareció colgando de la ventana de su celda. A nadie le importaba si el
ex-cómico se había suicidado o había sido asesinado. Muerto el perro, muerta la
rabia; todos volvían a reír. Todos quedaron contentos por el divino castigo y
dejaron de ver a los cómicos con desconfianza. Así fue que este infortunado episodio
caía en el olvido para siempre. Ya nadie recordaba el nombre de aquel cómico
que le había gastado a la audiencia la broma más pesada de la historia de la
televisión. O al menos hasta hoy, que mi madre me dijo entre lágrimas que ya no
podía seguir guardando este secreto. Y que era hora de que supiese quién había
sido mi padre.

No hay comentarios:
Publicar un comentario